martes, 2 de noviembre de 2010

My Worst Face (Parte 1)


La chica afirmaba ser yo, además de estar ambas dentro de mí. Esas palabras eran siniestras, y por muchas aventuras fantásticas que hubiera tenido, esto no tenía ni pies ni cabeza. Mi mente se negaba a creerla aunque me diera los mejores argumentos.

Entrelacé mis dedos y apoyé los codos sobre la mesa, dejando así reposar mi cabeza sobre las manos. La muchacha se levantó de su asiento y comenzó a andar en círculos alrededor de la mesa y ambas sillas. Sus ojos estaban fijos en el suelo, mirando cada paso que fuera a dar, hasta que, sin saber como, se paró en mi espalda tras unas cuantas vueltas. Apoyó sus manos en mis hombros, dejando que todo el peso cayera sobre mí. Era tal la presión que sufría a mis espaldas que mis codos se desequilibraron y mi cabeza hizo un amago de golpearse contra la mesa. Por fortuna ese golpe no llegó a producirse. La chica me tenía abrazada contra ella, con sus manos aferrándose a mí bajo mis pechos.
-Ten cuidado.
Agarró la silla y la giró hacia ella. Se abrazó a mi cuello y me besó dulcemente.

Desperté en el dormitorio. Claude continuaba allí, estaba sentado en una silla mirando fijamente el suelo, ausente de aquella habitación y todo lo que le concernía. Cuando se dio cuenta que mis ojos se habían abierto se levantó sobresaltado, casi diría que emocionado.
Colocó sus manos en mi cara y me miró fijamente. Sus ojos brillaban emocionados y una sonrisa malvada se dibujo en su rostro. Sus  cejas se arqueaban exageradamente. Gozando de su emoción ignoró las facciones que se reflejaban en su cara, esas expresiones de un  triunfo glorioso decoradas con una ligera maldad.
Con un grito ahogado se dejó caer sobre la silla. La sonrisa no se iba de sus labios.
Selenia entró apresuradamente; habría escuchado la silla arrastrarse por la caída del cuerpo de Claude. Dejando la puerta abierta se acercó a la cama y se acomodó junto a mí.
-¿Estás bien, Al?
-Si… estoy bien. Algo aturdida quizás, pero el malestar se ha ido.
-Fantástico- dijo mientras se levantaba y posaba su mano sobre el hombro de Claude- Gracias Claude, sabía que podía contar contigo.
-Siempre estaré a su servicio, mi señora. Ahora si me disculpáis, debo ir a más lugares en el día de hoy.
El hombre, quien permanecía sonriente, se marchó cerrando la puerta a sus espaldas.

Me incorporé con suavidad mientras observaba a Selenia. Se había sentado en la silla donde había estado sentado Claude; sus codos se hincaron en los brazos del asiento y apoyó su cabeza en una de sus manos. Con una tenue sonrisa en sus labios, cerraba los ojos suavemente hasta que se quedó dormida. Su temperamento era relajado cuando dormía, a pesar de ello nunca la había visto sonreír de una manera tan dulce. Su risa siempre era sarcástica o provocadora, jamás dulce. Cuando volvió a abrir los ojos se marchó sin decir nada.
Estaba imaginando un mundo en el que Selenia no fuera quien era, sino que era de nuevo Miriam, cuando llamaron a la puerta. Sin esperar a que diera una respuesta, Lucy apareció y avanzó unos pasos. Sus ojos estaban entornados; sus labios fruncidos. Caminaba hacia mí con pasos cortos y elegantes mientras escondía tras de sí ambas manos. Cuando estaba a escasos pasos de mí, sacó a relucir una de sus manos, la cual sujetaba un puñal dorado. Mostrando una maliciosa sonrisa, alzó su mano con afán de clavarme el arma. Mi cuerpo estaba totalmente paralizado por el miedo y mi voz no era capaz de emitir ningún sonido. ¿Qué estaba haciendo Lucy? ¿Por qué quería matarme?
Una voz despertó en mi mente.
-Alesana, hazlo,  no temas. Déjate llevar.
Mi mano se movió instantáneamente hacia el cuello de la joven y la empujé hacia la pared. El miedo se había esfumado, y por causas desconocidas… deseaba matarla. Presionando su garganta, ahora con ambas manos, Lucy trataba de gritar pidiendo auxilio, pero en pocos minutos sus inútiles intentos de reclamar una ayuda, cesaron. Lucy había dejado de respirar.
Solté su cuerpo inmóvil y cayó al suelo con brusquedad. Dando pequeños pasos hacia atrás me topé con la cama de nuevo. Me desplomé sobre ella mirando mis manos, las cuales ardían y soportaban el flujo de la sangre impidiendo que saliera de ellas.
Los ojos de Lucy permanecían abiertos, desorbitados, fijados en mí.
-¿Qué he hecho?- pregunté en voz alta. Mi voz temblorosa retumbaba en mis oídos.- No ha sido culpa mía. Ella quería matarme.
Mi cabeza no paraba de recordar la reacción que había tenido. Aquella voz… Sí, definitivamente había sido la voz la que me había impulsado a hacerlo.
Un fuerte murmullo traspasaba las paredes; tras la puerta había varias personas. Debían haber escuchado los alaridos de Lucy. De un salto me levanté de la cama, mordí mis uñas hasta que ya no había nada que morder, solo carne. La habitación era grande, pero no había escapatoria, solo un baño en el que encerrarme y una ventana que si la saltaba daría la bienvenida a la señora Muerte. Ninguna de las dos opciones era muy eficaz y el murmullo cada vez era más intenso. El agobio era insoportable. Las lágrimas comenzaban a bañar mi cara. Lo daba todo por perdido, cuando escuché una voz conocida. Era Claude. Su grave voz acalló todo aquel jaleo y sin pensárselo dos veces abrió la puerta. El cuerpo de Lucy impedía que la puerta se abriera con facilidad, por lo que, de una patada, lo aparté un poco.
El anciano entró exhausto a la habitación. Jadeante me miró sin percatarse del cuerpo inmóvil que tenía al lado. Cuando vio la manera en la que estaba llorando intentó acercarse, pero se tropezó con algo. Los pies de Lucy. Claude miró a la sirvienta y luego a mí, su mirada iba de la una a la otra rápidamente. Se restregó los ojos y sin decir una palabra, solo con su mano, señaló que me acercara. Con cautelosos pasos me dirigí hacia él. La servidumbre del castillo aún continuaba tras la puerta y conseguía que dudara en cada paso que daba. Una vez frente a Claude, este me puso una mano en el hombro.
-¿Qué ha pasado? ¿Y esta muchacha?- su voz no transmitía ningún tipo de sentimiento.
-Ella, ella… trató de matarme, y yo… únicamente quería defenderme.
-Tranquilízate. Vamos a esperar a Selenia, no creo que tarde mucho.
-¡No!-grité- Selenia no puede enterarse.
-Alesana, a ella no le puedes ocultar nada. Parece mentira que aún no lo sepas. La esperaremos y nos contarás con detalles todo lo que pasó.
Las piernas comenzaron a flaquearme. Volví a dar vueltas por la habitación mientras veía como Claude examinaba el cuerpo de Lucy. Su cara permanecía con la boca abierta por los alaridos que había dado. Así la dí muerte, pidiendo auxilio y suplicando por su vida.
Las voces asustadas de las personas de fuera me volvían loca, tenía ganas de chillar. Me senté en la cama una vez más, apoyando la cabeza sobre mis manos, intentando encontrar una idea para salir de este problema. Pero por más que lo pensaba solamente veía muerte. El ruido de fuera, de repente cesó. Claude y yo nos miramos; los dos habíamos pensado lo mismo. Selenia ya se había dado cuenta de tal alboroto y había subido para averiguar que ocurría. 

domingo, 1 de agosto de 2010

The Great Answer (Parte 3)

La oscuridad me entrelazó entre sus largos y finos brazos. El silencio taponó mis oídos, dando pequeñas punzadas en ellos. Los tapé con fuerza con mis manos intentando suprimir el dolor pero solo se hacía más intenso.

Aquella oscuridad me dejó caer en ella, absorbiendo cada parte de mi cuerpo y de mi mente. Traté de gritar pero el silencio era más fuerte que mi propia voz y tapaba el sonido de mis gritos.

Tras minutos, o quizás horas, de pura agonía, vi bajo mis pies una plataforma circular con antorchas en la periferia, iluminándola, dejando ver el suelo de piedra sobre el que iba a caer de bruces. Mis gritos se volvieron más intensos a pesar de que no se escucharan. Moriría en aquella caída, de eso estaba segura.

Contra todo pronóstico, mi cuerpo comenzó a frenarse lentamente hasta dejar mi cuerpo levitando a escasos centímetros del suelo. Pensaba que mis poderes no funcionarían en aquel lugar. Me senté en aquel suelo, abrazando mis rodillas asustada.

Todo era muy extraño.

Las llamas flameaban a mi alrededor con intensidad, estaban apunto de encerrarme entre ellas, abrasándome.

Un pequeño canto escuché lejano. Una dulce voz tarareaba una melodía hermosa.

De la oscuridad emergió la figura de una chica. Su cabello era oscuro y largo, sus ojos azul intenso, y su estatura… era bastante bajita, de mi altura. La chica fue acercándose a mí, arrastrando sus descalzos pies sobre las piedras y sin cesar de tararear. Era bella. Su tez pálida realzaba su cabello azabache. Su voz dejó de emitir cualquier sonido. Adelantó su mano hacia mí y me miró con sobriedad.

-Hola Alesana ¿cómo te encuentras?

-¿Quién eres? ¿Cómo conoces mi nombre?

- Si vienes conmigo te lo contaré.

Tomé su mano y me levanté. Sin soltarme me llevó a través de la oscuridad. Su cuerpo relució como si fuera una estrella.

El silencio volvió a taparme los oídos. Me frené en seco y me encogí. La muchacha me abrazó entre sus delgados brazos.

-No luches contra el silencio, si formas parte de él no te dañará.

No entendía lo que me quería decir, era imposible formar parte del silencio. La joven siguió arrastrándome por aquel lugar sin horizonte. A pesar de no haber límites, sabía muy bien por donde iba, o al menos lo parecía, pues no dudaba cuando había que girar.

El silencio se volvió casi inexistente. La chica tenía razón y ya la entendía, si lo ignoraba no me dañaría.

Pasado un breve tiempo comencé a avistar otra circunferencia como en la que había caído, solo que esta era más grande y con dos sillas y una mesa de cristal. Nos acercamos a ellas y me ofreció asiento. La muchacha sonreía ampliamente.

-Me alegra que estés aquí, pensaba que jamás te vería.

-¿Quién eres? ¿Dónde estoy?

-¿No conoces el lugar? Que extraño. Deberías observarlo bien, quizás lo averiguas pronto.

-No es necesario, no hay nada que observar. No he estado en este lugar en mi vida.

-Te equivocas. Estás dentro de ti.

-¿Dentro de mí?

-Así es, y me alegro que hayas venido, tenemos mucho de lo que hablar.

-¿Hablar? Ni siquiera se quien eres.

- ¿No me conoces? ¿No te conoces a ti misma?- creó una sonrisa pícara en su dulce rostro.

The Great Answer (Parte 2)

La joven asintió, y tras otra reverencia salió de la habitación silenciosamente.

El calor volvía abrumarme. Quería dormir, descansar un poco para que se esfumara ese malestar, pero al sentir tanto calor me resultaba imposible. Los músculos me dolían, por lo que tampoco podía moverme.

Cerré los ojos de nuevo. Recordé la textura del libro sobre los Changes, aterciopelada y con las letras en relieve. Me hubiera encantado leerlo pero estaba claro que a Selenia le molestaba. Y eso era otra cosa, como le decía a Selenia que aceptaba su proposición. Aún no me lo había pensado pero mi cabeza incauta fue la única razón que me dio para obtener el libro. Temía el momento de hablar con Selenia, y más en ese estado. Cuanto más lo evitara mejor.

El frescor de mi cara se había esfumado de nuevo, el sudor recorría mis sienes desde el cuero cabelludo.

La puerta se abrió apresuradamente. Selenia se fue al baño y escuché como las arcadas arremetían contra su boca. Recordé entonces el momento en el que me dijo que estaba enferma. Nunca hubiera imaginado que los vampiros pudieran morir.

Minutos más tarde salió Selenia limpiándose la cara con una toalla. Cuando me vio tirada en la cama y con ese aspecto, su mirada cambio y en menos de un segundo estaba sentada a mi lado. Puso su mano sobre mi cabeza y al instante la quitó. Estaba asustada, sus ojos lo decían.

-Qué te ocurre Al?-su voz era jadeante- Estás ardiendo. ¿Llamo a uno de mis médicos? ¿Que necesitas?- estaba atacada.

-Selenia- el sonido quebrado de mis cuerdas vocales aún permanecía ahí- no te preocupes, solo necesito descansar. Ya se lo he dicho antes a Lucy…

-¿Quién?

-Lucy, la sirvienta humana.

-¿Lo sabía y no me ha informado? Haré que se encarguen de ella.

-No Selenia, yo le supliqué que no te dijera nada, no quería preocuparte por algo insignificante.

Selenia se levantó haciendo caso omiso a mi comentario. Afortunadamente agarré una de sus manos antes de que se fuera demasiado lejos. Con ojos suplicantes la miré, intentando proteger la vida de esa chica. Al fin y al cabo, ella no tenía la culpa de nada.

Volvió a sentarse en la cama y dejó dos dedos sobre mi frente, esa sensación fría conseguía calmarme unos instantes, aunque luego regresara más intensamente.

El rostro de aquella mujer se mostraba preocupado, y por primera vez no estaba preocupada porque alguno de sus magníficos panes se hubiera desviado de su rumbo, estaba preocupada por mí. Quizás, a pesar de lo que pretendía aparentar, tenía algo de luz en ese corazón tan oscuro.

Durante horas permanecí tirada en aquella cama, sujetada por Selenia, quien no se había movido ni para cambiar de postura. Seguía con la espalda medio encorvada, cansada de sostenerse sin ningún apoyo, y sujetándome la mano.

Un par de toques en la puerta captaron mi atención.

Un hombre mayor de aspecto malvado apareció tras la puerta. Su pelo negro azabache iba a juego con su barba kilométrica. Vestido con una túnica color berenjena, adornada con dos cintas doradas del cuello a los pies, su aspecto era tan temible como el malo de un cuento: cara de mal humor, arrugas acentuadas y extremadamente delgado. Con una sonrisa más malvada que sobria se acercó a nosotras apoyado en un bastón de madera más grande que él.

Selenia soltó mi mano para coger una de las de él.

-Bienvenido Claude- dijo besándole la mano cogida- Me alegra que te hayas tomado tanta molestia en venir, pero es urgente.

-Mi querida Selenia, eres como una hija para mí, no podía negarme.

La relación que tenían parecía muy cercana, sino no se hubiera atrevido a tutear a Selenia. Además ella no se habría molestado por ello.

El anciano me miró, sus ojos negros me enturbiaron la mente. Eran fríos y desalmados, como si le hubiera vendido su alma al diablo. No me daba buena espina.

Selenia me soltó la mano. Con ojos suplicantes le pedí que no me dejara, pero me dio un beso en la frente y abandonó la habitación.

Aferré la colcha con la poca fuerza que me quedaba. El llamado Claude se sentó a mi lado, justo donde estaba Selenia.

-Tú debes ser Alesana, ¿verdad? Mi nombre es Claude Vanis.

Asentí sintiendo el estómago en la garganta.

- A pesar de que le hayas pedido a Selenia que no avisara a nadie, me ha llamado para que te cure. Espero que no te moleste.

Selenia no había salido de la habitación en ningún momento, estaba confusa ¿cómo le había avisado? Claude se quedó mirándome e inmediatamente tocó un par de veces una de sus sienes con un dedo.

-Me lo ha dicho telepáticamente. Es extraño que no hayas caído en ello.

Por un instante había pensado que Selenia era humana, una persona normal, sin poderes, sin sangre… Pero una vez más había despertado de mi ilusión.

Claude me giró poniéndome boca arriba. Mis manos ya habían aflojado la colcha y se tendían relajadas sobre el colchón. El anciano cogió la toalla y la abrió por completo dejándome desvestida. Antes de que pudiera decir nada, Claude habló.

-No voy a hacerte nada, solo voy a revisar si es algo que se puede deducir simple vista o no.

Exhalé un suspiro de alivio.

El hombre comenzó a palpar cada centímetro de mi cuerpo, con cara pensativa y concentrado en lo que hacía. Cuando acabó negó con la cabeza.

El miedo volvió a adueñarse de mí. ¿Qué significaba esa negación? ¿Me iba a morir? Mis manos agarraron de nuevo la tela. Ese movimiento no le fue indiferente a Claude, quien rápidamente modificó su rostro pensativo en uno sobrio.

-Alesana… si quieres curarte… voy a tener que dormirte unas horas, pero… tal y como deber de médico he de preguntarte si me lo consientes o no.

¿Dormirme? ¿Qué me pasaba? Estaba completamente atemorizada, no acababa de fiarme de aquel hombre, pero no podía decirlo, no siendo tan allegado a Selenia. Quizás ya sabía lo que pensaba y pretendía dormirme para matarme. Claude sonrió. Definitivamente lo sabía.

Me encontraba terriblemente mal. Los sudores habían vuelto y las nauseas se repetían una y otra vez. Si quería volver a estar como una rosa no me quedaba más remedio que aceptar la oferta y fiarme de aquel hombre.

Miré directamente a sus ojos negros. Aunque me costaba mantenerle la mirada, aguante para demostrarle que estaba segura de la decisión que acababa de tomar y aceptaba a que me durmiera. Si hubiera intentado decírselo con palabras, mi voz se habría quebrado por completo a mitad de camino.

Claude se irguió sobre esos dos palos cubiertos de piel a los que llamaba piernas. Colocó ambas manos sobre mis ojos y momentos más tarde mi mente aturdida me abandonó.

viernes, 23 de julio de 2010

The Great Answer (Parte 1)

Ethan miró hacia abajo sorprendido por mi repentina respuesta. Antes de que mi lengua volviera a secarse con otro discurso, agarró el libro, y raudo descendió por la escalera.
Como si fuera ya una costumbre, se inclinó ante mí a pesar de que conocía me aberración por ese acto, ofreciéndome el libro.
Me resultó imposible enfadarme con él, me había sido leal por esa insignificante frase.
Aferré el libro contra mi pecho antes de que el joven cambiara de opinión. Me agaché frente a él y le miré a los ojos. Ni aun sabiendo que estaba frente a él levantó la vista para cruzarse con la mía. Sus ojos estaban abiertos de par en par y fijos en el suelo.
Con una mano alcé su cabeza. Sus ojos brillaban, no sabía si de emoción por el futuro enlace o por temor de tener a otra persona a quien servir exhaustamente.
-La señora Selenia debe estar dando saltos de alegría.
-Ella aún no lo sabe
-¿Cómo que no? ¿Por qué? Si me permite el atrevimiento.
-Necesitaba pensarlo.
Me levanté y cogí una de sus manos para alzarle. El libro estaba en mi axila, sujetándolo con fuerza con el brazo. En cuanto Ethan y el soldado desaparecieran, lo leería emocionada.
Minutos más tarde mi deseo se hizo realidad. Los dos hombres abandonaron la biblioteca y me quedé a solas con el majestuoso libro. Inmediatamente me senté en el sofá y abrí el libro, inspirando hondo para captar su aroma. Era muy antiguo así que debía tener cuidado para no romperlo.
Estaba disfrutando del tacto y el aroma de aquel libro, cuando la puerta se abrió repentinamente.
Los pasos de Selenia eran inconfundibles. En menos de un segundo la sentía sobre mi espalda. Cerré el libro rauda y tapé la portada con mis brazos. Alcé la cabeza y me encontré con el rostro serio de Selenia, ese que tan poco me gustaba. Sus labios dibujaban una mueca sufrida.
-¿Qué haces, Al?
- Cazar gamusinos ¿no lo ves?- dije sarcásticamente. Esperaba que entendiera esa frase.
-¿Qué has dicho?- dijo asombrada- Da lo mismo. ¿Qué haces leyendo ese libro? ¿No te han dicho que ese libro no se puede leer?
Genial, me había pillado. Era una ilusa al pensar que podría engañarla.
-Claro que me lo han dicho, pero me da igual.
-¿Quién te lo ha dado? Dímelo o me meteré en tu mente, y se cuanto te disgusta eso.
-No lo diré, porque lo hizo obligado. Le di tal motivo que no pudo negarse.
-¿Cuál?-preguntó interesada.
- Te lo cuento esta noche.
-Está bien, pero… por favor, no leas este libro.

Me besó la frente. Rodeó el sofá y al sentarse conmigo apareció un libro sobre su regazo, justo aquel que tenía yo bajo mis brazos. En cambio apareció otro. Al mover mis brazos unas letras bañadas en oro dañaron mis brazos. El nombre del libro era “Grandes Relatos Mágicos”. Le regalé una sonrisa a Selenia y recostándome sobre ella comencé a leer hasta que, sin saber como, me quedé dormida.

Al despertar, Selenia ya no estaba. Me encontraba encogida en el sofá tapada con una manta bajo la luz de un candil. Restregué mis ojos y me estiré hasta que los huesos me crujieron.
Un ruido tras de mí me sobresaltó. Agarré la manta con fuerza y me encogí en una esquina del sofá. La manta solo dejaba a la vista mis temerosos ojos. Atisbé al fondo la figura de una persona, por la altura deducía que un hombre. ¿Un ladrón? Imposible. Ese castillo era el lugar más protegido del universo.
 El sonido de un libro estrellándose contra el suelo hizo que soltara un grito ahogado. La figura se giró y de inmediato se acercó a mí. Estaba a punto de gritar cuando la luz del candil reflejó sobre su rostro. Era Ethan. Suspiré profundamente poniéndome una mano en el pecho. El corazón me latía a toda velocidad.
-Ethan, no vuelvas  a hacer eso. Que susto me has pegado.
- Lo lamento, solo estaba mirando un libro para consultar. La señora Selenia necesita consejos sobre algo que desconozco y necesito informarme. Por ello me ha dado permiso para coger cualquier libro que necesite.
-Creí que eras un ladrón, o algo peor.
- La vi dormida y no quise despertarla, pero al final mi intento ha sido frustrado.
Aparté la manta a otro lado, estaba sudando del calor que tenía. Aún tenía la ropa de la fiesta, debía ponerme algo más cómodo enseguida, ese corsé me estaba matando.
Me levanté y agarré el libro que me había dado Selenia bajo un brazo, mientras con una mano sujetaba el candil. Mi despedida fue muy informal, demasiado para mi situación actual, pero mientras la señora Selenia no se enterase todo iba bien.

Llegué a la habitación agotada, seguía sudando muchísimo, como si estuviéramos en pleno invierno. Cuando abría la puerta ya llevaba el corsé desabrochado, al igual que la falda. El sudor bajaba por mi cuello, por mis pechos, por mi vientre… Necesitaba una ducha urgente. Dejé todo sobre la cama y fui al cuarto de baño contiguo a la habitación. Sin desenredarme el pelo anudado por el sudor me metí en la ducha y dejé que el agua fría cayera por mi cabeza y mis hombros.
Cuando acabé, me enrollé en una toalla y me miré en el espejo, tenía un aspecto espantoso. Entré en el dormitorio de nuevo y me dejé caer sobre la cama. Mi cabello empapado mojaba una de las almohadas y se quedaba tan fría como un trozo de hielo. Al mojarse la funda de la almohada mi cara se refrescaba y por un instante dejé de sudar.
Un repiqueteo sonó en la puerta, alguien llamaba. Mi voz estaba quebrada, no era capaz siquiera de contestar. Cerré los ojos. El golpeteo se hizo más fuerte y rápido hasta que cesó. Escuché como el pomo de la puerta se giraba. Al abrir los ojos se encontraba aquella sirvienta humana, Lucy. Sujetaba un bloque de ropa doblada casi más grande que ella. Observé como guardaba cada prenda con gracilidad, sin prisa y con eficacia.
Cuando acabó se acercó a la cama.

-¿Se encuentra bien señora Alesana?- preguntó preocupada- No tiene muy buena cara.
-Ahora que lo dices… no, no me encuentro demasiado bien, pero supongo que descansando un poco se me pasará.
-Si quiere puedo traerle algo caliente para comer. Se lo diré a las cocineras.
-No te molestes Lucy, no será nada grave, puede que solo sea un resfriado así que… no digas nada ¿vale? Si no se preocuparán por una tontería.

jueves, 15 de julio de 2010

A Proposition (Parte 3)

Cerré la puerta con cuidado, era muy antigua y una mínima ráfaga de aire podría destrozarla. El olor a libro antiguo hizo que me atragantara con mi propia saliva, pero una vez que se me pasó el ataque de tos provocado por ello, fui a una de mis estanterías favoritas. La que hablaba de todo lo sobrenatural.

Indagué buscando algo nuevo que no hubiera leído peor siempre acababan en mis manos los mismos libros. Nunca me había subido a la escalera, tenía demasiado pánico a subirme y abrirme la cabeza en un descuido. La idea de pedírselo a Selenia estaba descartada desde un principio, seguramente me prohibiría los que quisiera leer, así que no era una opción. Me quedé mirando hacia arriba, todos los libros que había y que aún no les había echado un ojo. Tomé valor y con las piernas temblorosas cogí una de las escaleras, la que estaba en la esquina más próxima y la acerqué hasta la estantería. Conseguí subir los primeros diez peldaños, pero de ahí no pasaba, y ahora también me daba miedo bajar, me había quedado atrapada.

-Genial, Al. Te has lucido- dije mientras trataba de bajar un peldaño.

Avergonzada, no tuve otra opción que gritar para que alguien viniera.

La puerta no tardó mucho en abrirse, tras ella Ethan y un soldado parecían exhaustos.

-¿Qué ocurre mi… Alesana?- dijo Ethan titubeante.

-¿Acaso no lo ves? No puedo terminar de subir porque me da miedo, y ahora no puedo bajar por el mismo motivo.

Dando un fuerte suspiro de alivio se acercó a mí, me copio y me dejó en el suelo. El joven era más fuerte de lo que parecía aunque, cualquiera hubiera podido conmigo, era un peso pluma total.

-¿Que hacía ahí subida?

-Quería mirar la zona de arriba de la estantería. Todos los que pudieran interesarme de abajo ya me los he leído.

Ethan sonrió con suavidad, igual que yo había hecho no hace mucho. Se subió hasta lo alto de la escalera y empezó a decirme nombres, pero ninguno captaba mi atención. Estaba a punto de rendirme y buscarme otra afición hasta que digo “Los Changes: Una vida sin concretar”. Mis ojos se cruzaron con los suyos. Deseaba que me lanzara ese libro sin embargo, a pesar de ver la emoción en mis ojos volvió a guardarlo. Eso me encolerizó.

-¿Qué haces? Quiero leer ese.

-La señora Selenia no lo permitiría, lo siento.

-Por favor, Ethan. Necesito leerlo.

-Lo siento mucho Alesana, pero… sabes que podría ocurrirme.

-Te recuerdo que yo también soy tu señora, así que tengo el mismo peso que ella.

-No. Selenia es muy posesiva y dirá que el poder es suyo, al menos de momento. Además, ella tiene pruebas para decir que ella es mi señora, ya que es la reina. Sin embargo, por mucho que me pese, usted no tiene nada a favor, solo la palabra, y por lo tanto Selenia diría que solo debería obedecer sus órdenes.

No me podía creer que Selenia fuera tan ruin. En realidad si me lo creía pero lo odiaba tanto que parecía una broma de mal gusto.

Tenía que convencer a Ethan antes de que se bajara, entonces se me ocurrió una idea.

-¿Quién te ha dicho que vaya a tener los derechos sobre ti también? Estás hablando con la futura esposa de tu reina

A Proposition (Parte 2)

Selenia me miraba de nuevo, sus ojos brillaban con los destellos que producían las bombillas del techo. Colocó apropiadamente su vestido y se arrodilló ante mí, mientras me suplicaba que cerrara los ojos. Obedecí su petición. Noté como sus frías y delicadas manos envolvían una de las mías con suavidad. Mi cuerpo temblaba como un flan, pero ella tampoco estaba muy tranquila, notaba que su pulso iba muy acelerado, como si acabara de correr una maratón. Tras un breve silencio, Selenia pronunció las palabras que más temía en el mundo.

-No preguntaré si quieres ser mi esposa, te preguntaré algo más complejo- se aclaró la voz de nuevo- Alesana, ¿quieres ser mi reina, y por lo tanto, mi sucesora en el trono?

Volví a alzarme, en esta ocasión asustada. Notaba como mi propia saliva podía atragantarme en cualquier momento. Todos me miraban impacientes por la respuesta, sobretodo Selenia, quien permanecía aún con una rodilla en el suelo, manchándose ese precioso vestido. Las piernas me fallaban y se agotaba el aire para mí. No sabía que responder. Desvié la mirada hacia el suelo, evitando a todos aquellos ojos que me traspasaban. Quería salir corriendo de allí. Miré angustiosa la puerta al final de la estancia, pero mi cuerpo no estaba en condiciones de correr, al segundo paso daría un traspiés y caería al suelo.

Sentí la mano de Selenia sobre mi hombro por lo que no pude evitar mirarla. Sus ojos no paraban de preguntarme cual era mi respuesta. Agarré una de las manos de la mujer con fuerza mientras mi cuerpo temblaba, quería que supiera hasta donde llegaba mi nerviosismo. Volví a retirarle la mirada, prefería mirar los platos vacíos de la cena antes que volverme a enfrentar a sus brillantes ojos. Deseaba que todos se hubieran ido cuando levantara la vista.

Sin soltarme, Selenia ordenó a todos que se marcharan. Los siervos abandonaron la estancia sin oponerse, sin embargo no pudieron evitar comentar la situación entre ellos. Un gran murmullo azotó mis oídos hasta que finalmente nos quedamos solas.

Cabizbaja, Selenia comenzó a andar en círculos a lo largo del salón, cambiando de dirección de vez en cuando. Sus manos se entrelazaban en su espalda, moviendo los dedos con cierto nerviosismo. Apoyada sobre la mesa, seguía sus pasos deseando que cesaran pronto, tanto silencio y movimiento me daban ganas de gritar.

-Lo siento-dije mirando mis manos temblorosas amarradas en el mantel.

-No es tu culpa, si no quieres no voy a obligarte. Para serte sincera, suponía cual iba a ser tu respuesta. Fui una ilusa al pensar, aunque fuese por un momento, que sería afirmativa

-Selenia… no te he dicho que no…

Se paró en seco. Sus ojos volvían a brillar con cierta ilusión. Quien lo hubiera dicho. Se acercó a mí velozmente haciendo que su vestido limpiara el parqué de la sala.

-¿Entonces?

-Entonces… no te puedo dar una respuesta ahora. Es una decisión importante y la tengo que pensar. Me entiendes ¿verdad?

-Claro que te entiendo. Esperaré gustosa tu respuesta, y deseo que sea un “si”.

Adelantando una de sus heladas manos a mi rostro, descendió por la mejilla cariñosamente, y con un suave toque en la barbilla me alzó la cabeza hasta que mis labios rozaron los suyos. Me acarició suavemente el cabello y se marchó reprimiendo una sonrisa complaciente.

Estaba sola en aquella sala tan grande. El viento rozaba los muebles de madera consiguiendo que estos gritaran sin cesar. Ese ruido tan escabroso me erizaba el bello por lo que salí de allí apresuradamente.

En la puerta del salón se encontraba Lucy, una joven sirvienta del castillo. Era realmente hermosa. Los tirabuzones rubios caían hasta su cintura, y sus ojos azules casi eran ocultados por su flequillo. Sus tersas y jóvenes facciones se enfatizaban con la calida rojez que poseía en sus mejillas. Quizás lo que más me llamó la atención de ella fue descubrir que era la única persona en todo el castillo que no tenía ningún poder, ni siquiera era vampiro, o licántropo, o incluso un Change… era una simple humana que había sido escogida por Selenia. Siempre me había preguntado por que la había escogido pero nunca había encontrado el momento adecuado para sacarle el tema a Selenia.

Lucy y dos de sus compañeras entraron al salón y, con rapidez y eficacia pronto tuvieron todo recogido. Sus compañeras fueron bastante más rápidas que ella, sin embargo ella tenía más mérito al no tener la misma velocidad que ellas. No recuerdo cuanto estuve allí observándola, pero cuando volví a ser consciente del tiempo noté una mano en mi hombro. Al girarme me encontré con la figura de Ethan. Estaba tan cerca que no pude evitar sobresaltarme. Inmediatamente, el joven consejero apartó la mano de mi hombro y apoyó una rodilla en el suelo. Agarró su otra rodilla fuertemente con los dedos hasta que se rasgó los pantalones.

-¿Qué ocurre Ethan? Ya te he dicho que odio las reverencias.

-Pero yo… la he tocado, me he sobrepasado.-dijo sollozando- Lo lamento mucho.

¿Qué? No digas estupideces, levántate. Lo único que ha pasado es que estaba ausente y no te esperaba, bueno… ni a ti ni a nadie.

Limpiándose las lágrimas que había derramado volvió a erguirse sobre sus dos pies. Tenía el rostro lleno de restos de las lágrimas. Con cuidado acerqué mis pulgares y le limpié la cara. Parecía triste. No me podía creer aún que el simple hecho de haberme tocado le pusiera así. Para que mostrara su fantástica sonrisa una vez más, le sonreí yo previamente de manera comprensiva. El joven Ethan, tal y como yo pensaba, no pudo evitar devolverme aquella sonrisa.

Cuando estaba totalmente segura de que aquel berrinche se le había pasado, fui a la biblioteca que había en la parte superior del castillo. En ocasiones sentía que esa sala podía liberarme un poco de esa prisión.

La puerta crujió cuando la abrí. Tras ella, al menos un millar de libros se distribuían en multitud de estanterías de madera que ocupaban del suelo al techo, junto con un par de escaleras corredizas. Las cuatro paredes atestadas de libros parecían cogestionadas, no había ni un mínimo espacio entre una estantería y otra. En el centro de la sala, se encontraban dos butacas de terciopelo negro, un sofá Burdeos biplaza y una mesita de café.

A Proposition (Parte 1)

Escuché como una llave giraba y me liberaba de esa prisión. Me levanté de un salto de la cama y me apresuré a la puerta, donde coloqué las manos en la cintura y esperé a aquel que estuviera tras la puerta con cara de pocos amigos. Al abrirse, el joven que tanto me había encontrado últimamente, sujetaba un gran ramo de flores ante mí el cual estaba formado por una gran cantidad de rosas rojas y negras. Me miró de arriba a bajo y no pudo reprimir una gran carcajada, a saber que pintas tendría con esa postura. Tenía que admitir que no sabía enfadarme. Afortunadamente no duró mucho aquella escandalosa risa, y tras calmarse un poco me ofreció el ramo. Puse las flores cerca de mi nariz para olerlas mejor, sin duda el olor era esplendido.

El joven se aclaro la voz.

-Alesana, ha dicho la señora Selenia que se vista elegante porque hoy va a haber una fiesta en el castillo.

-¿Cómo me has llamado? ¿Alesana?- dije emocionada- Muchísimas gracias por escuchar mi suplicas…er… no conozco tu nombre…

-Mi nombre es Ethan.

-Muchas gracias Ethan, y dile a la señora Selenia que ahora mismo me visto y que necesito hablar con ella ante que nada.

-Como desee.

Ethan se dio la vuelta y desapareció. Cerré la puerta tras de mí, pensando en que tipo de fiesta sería. Selenia jamás había hecho nunca una, es más, no había convocado a nadie nunca en su castillo, para ella solo era ella, su ego y quizás yo, pero ahí dejabas de contar.

Busqué por el armario algo adecuado para la celebración, por ello intenté pensar por un momento como Selenia pero era más difícil de lo que creía. Comencé a pasar vestido de un lado a otro del armario hasta que me topé con un atuendo que me traía muchos recuerdos, la ropa con la que fui durante mi largo viaje con James y los demás. Cogiendo la camiseta rota por varias zonas me senté en el suelo, recordé entonces el último momento en el que los vi. Hachi lloraba apoyada en Kyo y James y Shallow se marchaban cabizbajos. A pesar de que Selenia se hiciera la tonta, sabía perfectamente que más de una vez había indagado por mi mente y se había encontrado a los nombres de mis amigos, pero una cosa era que hubiera cedido a irme con ella y otra muy distinta era que olvidara a esas personas. Quizás los días que estaba inaguantable eran por ese motivo.

Dejé la camiseta en su sitio, no era momento de entretenerse con esas cosas sino de buscar un vestido o algo para la fiesta.

Aún no había encontrado nada cuando alguien tocó la puerta. ¿Qué? Imposible que tuviera que bajar ya, no había elegido nada por lo que no contesté. Cogí lo primero que pillé que pudiera compaginar con el estilo de Selenia para no perder más tiempo. Mi atuendo era poco propio de mí pero no había otra cosa. Llevaba puesto un corset negro con puntilla en la periferia, una falda larga, también negra, con bastante vuelo y unas botas de tacón de aguja. Me coloqué el pelo en un recogido sencillo y fui a la puerta. Abrí exhausta. De nuevo el joven Ethan se encontraba allí. Sus ojos parecían salirse de las orbitas y de su boca comenzó a caer un poco de baba. Estaba totalmente embobado por lo que no tuve más remedio que zarandearle un poco para despertarle. No hicieron muchos toques para que volviera en sí y me cediera su mano como si fuera mi acompañante en un baile de gala. Si ya temía la actitud de Selenia, esto no lo arreglaba para nada.

Bajando la escalera, agarrada de aquel joven, me sentía como una autentica princesa que celebra un baile en su palacio, aunque tampoco se alejaba mucho de la realidad. Selenia me esperaba abajo, deslumbrante, como siempre, con un vestido largo de terciopelo negro y un escote infinito. No se que pretendía pero ya había tenido suficiente sexo por ese día. Extendió uno de sus largos brazos hacia mí, me agarré a él e inmediatamente, de un tirón me acercó a ella. Sin decir nada me agarró de la cintura para dirigirnos al salón principal.

Dos mesas que ocupaban más de cuatro metros se extendían a cada lado de la sala. Elegantes manteles bordados vestían aquellas mesas. Las sillas estaban ocupadas por muchos invitados. La sala estaba llena. Poco a poco descubrí que aquellos que estaban sentados eran, sorprendentemente, los siervos del castillo. En una circunstancia corriente, Selenia jamás les habría dejado sentarse en aquellas sillas tan exquisitas. Abundante comida servida en los platos se encontraba frente a cada persona. Todos charlaban emocionados, seguramente por el gran cambio de Selenia, pero ¿Qué le abría hecho cambiar de parecer?

Selenia se aclaró la voz para llamar su atención, al instante todos se alzaban prestándonos atención. Ella avanzaba con elegancia, erguida y con la cabeza alta, sin embargo no me soltaba. Tenía una clase y un estilo insuperables, yo nunca podría llegar a su altura respecto a eso. Al fondo del salón, una mesa presidía la cena, nuestra mesa. Nunca me había gustado ser el centro de atención y ahora tendría que cenar frente a todo el castillo. Solo quería que la tierra me tragase.

Selenia aminoraba el paso mientras yo lo reducía, llegó un momento en el que tuvo que tirar de mí hasta llegar a nuestro sitio bajo la mirada de todos. Finalmente ya cada uno en su lugar, Selenia alzó las manos y las bajó suavemente. La cena podía comenzar.

Todo tenía un aspecto delicioso pero tenía el estómago cerrado, no podía tener hambre si estaba pendiente de cada movimiento que realizaba Selenia. La miraba constantemente, me quedaba anonadada al comprobar la elegancia que rebosaba al comer delante de tantas personas, pero sabiendo de la familia de donde viene era de suponer que siempre sabe guardar las formas.

No ocurría ningún percance, se mostraba tranquila, sin dar ninguna orden a nadie. Eso cada vez me olía peor. Estaba deseosa de saber que ocurría. Selenia dejó los cubiertos sobre su plato y se limpió la comisura de la boca. Tras dar un breve sorbo a su copa se levantó. El sonido que produjo su silla al moverse captó la atención de todos, quienes hicieron lo mismo que Selenia. Todos estaban de pie, y lo más siniestro, todo me miraban a mí, incluso Selenia. Traté de levantarme pero ella me lo impidió de un leve empujón. Me sentía cohibida ante los ojos expectantes de todos, estaba empezando a sentir mucho miedo cuando Selenia, al fin, habló para todos.

- Todos sabéis, menos Alesana, el motivo de este festejo. Todos habéis contribuido para que esto sea perfecto, y así ha sido, por ello os doy las gracias.

-¿Que?- grité sin poder contenerme- ¿Tú? ¿Agradeciéndoles a ellos? Selenia ¿te has golpeado la cabeza? ¿Estás enferma? Contéstame- me levanté de un salto.

-No me ocurre nada, solo agradezco que hayan hecho una buena labor, además… he aprendido que es mejor tener contento al servicio para que no se revele.

Asombrada por la respuesta de Selenia, volví a sentarme aunque tarde algo más en reaccionar y volver a escuchar el discurso que estaba concediendo a los presentes. Jamás hubiera imaginado que Selenia llegara a dar un día las gracias a sus siervos, aunque fuera solo para tenerles contentos seguramente sufrió una herida muy grande en su orgullo. Me preguntaba qué pensarían todos de este cambio de actitud tan repentino.

jueves, 8 de julio de 2010

What's Wrong? (Parte 3)

De nuevo sentí sus carnosos labios en mi piel, los cuales se posaron primero en mi oreja, mordisqueando suavemente el lóbulo. Fue bajando después hacia mi pecho, donde se detuvo un tiempo, haciéndome gemir sin descanso tanto con su boca con sus manos. Pero sabía que lo peor aún estaba por llegar, mis ojos le suplicaban que se controlara pero ella hacía caso omiso concentrándose en lo que hacía. Continuó descendiendo por mi vientre moviendo su lengua de un lado a otro hasta que llegó a mi sexo. Sabía que lo iba a pasar mal ahí agarrada, como ocurría siempre, y hasta que no me soltara no podría devolvérselo con creces, le haría sentir el sufrimiento y placer que yo había sentido.

Su boca, sus manos… todo lo sentía ahí abajo, y no paraba de desear que ese momento de desesperación acabara pronto. Mi cuerpo no aguantaría su frenético ritmo aunque en ocasiones lo había hecho, pero las consecuencias habían sido espantosas, mi aspecto dejaba mucho que desear. No lo aguantaba más y los gemidos ya se habrían escuchado en todos los rincones del castillo.

-Selenia… para… por favor…- dije entrecortadamente.

-Se que no te disgusta ¿por qué debería dejar de hacerlo?

-Pero… oh dios- grité. El orgasmo controlaba mi cuerpo- Me voy a morir a este paso…

-No vas a morir, y si así fuera… que mejor manera de morir que morir de placer.

-Oh sí mira que consuelo-contesté de manera sarcástica.

-Alesana… dime que me amas y acabaré pronto con tu sufrimiento.

-¿Pero que diablos? Sabes que te amo, ¿por qué quieres que te lo diga en un momento así?

-Porque hace mucho que no te escucho decirlo

- Selenia, te amo- susurré- pero acaba ya con esto sino quieres que permanezca en coma varios días.

Después de cumplir mi promesa, ella cumplió la suya. Sus dedos entraban y salían de mi vagina con más frecuencia que antes mientras mordisqueaba con fuerza mis pezones, e incluso intercambiaba las manos por la boca en ocasiones, era realmente increíble como me hacía sentir y lo agotada que acababa. Sentir su lengua acariciando mi clítoris fue lo que definitivamente el detonante de mi cuerpo, llegué al clímax sin poder callar un gemido ensordecedor. Mi cuerpo se arqueó de manera exagerada pidiendo más, pero no continuó. Estaba ya muy mojada cuando decidió soltarme. Era mi turno para hacerla sentir lo mismo, o incluso incrementarlo, pero estaba exhausta y no tenía fuerzas ni para levantarme, solo quería cerrar los ojos y descansar.

- Esperaré con fervor que me tortures como yo lo he hecho contigo, mi reina- escuché susurrar a Selenia antes de dormirme.

Al abrir los ojos observé como Selenia no estaba, las cortinas volvían a estar abiertas sin embargo no había luz; la noche nos acompañaba.

Cogiendo un albornoz del baño decidí salir fuera. Fui a asomarme a la barandilla vi como Selenia no paraba de dar órdenes a diestro y siniestro. De nuevo tenía esa cara de preocupación que tenía antes. Cuando se percató que la miraba subió rápidamente las escaleras y sin dejarme decir nada me encerró en la habitación con llave, pero esta vez sin ella. Grité una infinidad de veces pero nadie me abría. Sin duda Selenia estaba metida en algún asunto turbio, únicamente era cuestión de tiempo averiguar que era. Volví a tumbarme en la cama sin parar de dar vueltas, necesitaba hacer tiempo pero en una habitación era difícil. Traté dormirme de nuevo pero fue inútil, acababa de despertarme de un largo sueño. Aún así decidí no moverme de la cama hasta que alguien tuviera la decencia de abrirme.

-A ver si hay suerte y cuando quiten el cerrojo ya esté muerta- grité dramatizando la situación, pero nadie me escuchó.

Pasos y voces cruzadas entre ellas era lo que escuchaba fuera del dormitorio.

What's Wrong? (Parte 2)

Todo el castillo nos esperaba fuera de la habitación, no apartaban sus pupilas de nosotras. Guardias, consejeros, cocineras… no había nadie que se hubiera quedado haciendo sus tareas, todos habían acudido frente aquella puerta, esperaban ansiosos escuchar de nuevo la cruel voz de su ama. Selenia avanzó dejando a la gente que la esperaba atrás, no dijo ni una palabra, ni si quiera una muestra de desprecio, solamente se mostró indiferente. Notaba los ojos de los demás clavados en la espalda de Selenia, quien ni se inmutaba de ello. Realmente podía ser aún más fría de lo que me había demostrado.

Antes de que alguien me atrapara para sacarme información traté de seguir los pasos de Selenia, aunque fue inútil. Cuando me quise dar cuenta estaba arrinconada por una gran multitud de personas. Todos hablaban a la vez, era totalmente imposible intentar averiguar que decía cada uno. Mi cerebro estaba hirviendo como una olla a presión, en cualquier momento, como siguieran así, estallaría.

-¡Parad de una vez!- grité- ¿No os dais cuenta que no me entero de nada de lo que me decís? Si hablarais de uno en uno como personas civilizadas respondería a toda pregunta que estuviera en mis manos contestar. Pero con vosotros no hay manera…- estaba completamente sulfurada, en vez de personas parecía una granja.

-Perdonad señora pero…-comenzó uno.

-¿Cuántas veces he dicho que no me llaméis “señora? No soy señora, nunca lo seré… es más, casi me identifico más con vosotros que con este tipo de vida que tengo ahora.

Todos enmudecieron al ver mi actitud descontrolada, pero demasiado calmada había estado hasta ahora, corrigiendo a todos aquellos que me ofrecían un título que no me correspondía. Impresionada por mis propias palabras, me alejé lentamente de ellos hacia atrás, y al dar tres o cuatro pasos me di la vuelta y eché a correr hacia la puerta principal. Afortunadamente nadie me siguió, me estaba entrando un ataque de ansiedad y con la finalidad de que me dejaran tranquila, podría sacar a relucir una cara no me gustaba. Respirando hondo apoyada en la puerta de madera traté de tranquilizarme, al fin y al cabo, ellos solo seguían las órdenes que les dictaba Selenia. Pensé entonces que debía disculparme.

Traspasé la puerta sin pensármelo dos veces. Selenia había regresado y estaba de todos los presentes, quienes se habían inclinado frente a ella. Esa escena se había vuelto cotidiana y cada vez me sorprendía menos de verla. Les estaba dando una especie de sermón y no podía escucharlo, por lo que, sigilosamente, me acerqué unos pasos y me agaché detrás de uno de los tantos jarrones que había en aquel lugar.

-¿Dónde está Alesana? No mintáis y confesad donde se ha metido. Seguro que la habéis hecho algo y como me entere de quien ha sido, se puede dar por muerto.

-Mi señora-dijo el joven que antes me había proporcionado la información sobre el paradero de Selenia.- lo único que ha ocurrido es que queríamos saber que le había pasado a usted, y sin pretenderlo la hemos acorralado. Creo que ese ha sido el principal problema por el que ha estallado, pero luego…

-¿Luego? Así que hay más todavía. No se de que me sorprendo.

-Tras estallar, hemos ido a pedirle disculpas, pero únicamente por el hecho de llamarla “señora” ha terminado de expulsar su furia y ha salido del castillo.

-¿No me ocultáis nada más, o puedo mataros ya mismo? No consiento a nadie que le haga pasar un mal rato a mi futura prometida, ¿entendido?

¿Prometida? ¿Cuándo había aceptado casarme con ella? Traté de dejar ese tema apartado durante un momento, ahora lo único que tenía que hacer era correr hacia ellos para que no matara al chico. Inmediatamente salí volando hacia allí poniéndome delante del joven. Mirando desafiante a Selenia el chico aprovechó para apartarse. Los ojos de Selenia jamás habían mostrado tanta incredulidad, y quizás fuera comprensible, no todos los días te encuentras la escena de tu pareja defendiendo la vida de un siervo. Selenia, quien estaba preparada para atacar, bajó los brazos y se acercó. Me abrazó con tanta fuerza que casi echo el desayuno pero fui fuerte y reprimí las nauseas que me provocaba que me estrujara el estómago. Si Selenia no hubiera sido tan orgullosa podría asegurar que habría llorado en aquel momento. Sin duda yo era su debilidad y lo se estaba dejando ver a todo el mundo. Era extraño que Selenia con lo cuidadosa que era se arriesgara aunque también es cierto que era muy difícil que todos sus siervos se sublevaran.

Selenia me cogió cual saco y me subió escaleras arriba sin desviar la mirada de todos sus súbditos, no alcanzaba a ver su rostro pero juraría que no había más que hostilidad en aquella llameante mirada.

La puerta de la habitación la habíamos dejado abierta con tantas sorpresas. Me tiró a la cama sin reparo, afortunadamente el colchón no era para nada duro. Mientras yo trataba de incorporarme, aquella mujer cerraba con todos los cerrojos posibles la puerta y las ventanas, sin olvidarse de echar las cortinas. Ni un rayo de luz me rozaba, tampoco era capaz de distinguir nada, por no ver no veía ni la silueta de Selenia que estaba junto a mí. Enganchó mi cuello entre sus dientes e incidiendo con eficacia comenzó una noche de tantas otras.

Ya tenía cogido el punto exacto en mi cuello donde, cada vez que me rozaba con su boca, era imposible reprimir un gemido de placer. Mientras saciaba sus colmillos con mi piel, se iba quitando la ropa bruscamente y la tiraba aleatoriamente por los rincones de la habitación. Recorría en ocasiones mi cuello con su lengua consiguiendo que mi respiración se entrecortara constantemente, me faltaba el aire cuando ponía sus pechos sobre mi boca.

Poco a poco yo también me iba deshaciendo de mi ropa, hasta que finalmente quedamos las dos sin ninguna prenda. Sintiendo nuestros cuerpos desnudos, me besó apasionadamente y me esposó al cabecero de la cama, ambas manos me quedaron inutilizadas. Me hubiera encantado ver su cara mientras sutilmente cogía unas esposas y tiraba la llave lejos.

No podía hacer ya nada, simplemente disfrutar hasta que decidiera soltarme, y eso no sería hasta horas más tarde. La impetuosidad y el fuego que poseía Selenia tardaban mucho en sofocarse.

Empezó acariciándome cada milímetro mi cuerpo, sus dedos marcaban mis débiles curvas con suavidad. Mi torso se estremecía. Cada vez que lamía mi vientre una corriente de placer recorría mi cuerpo.

-Relájate y disfruta mi pequeña princesa-dijo con voz sensual.

-No Selenia, sabes que no aguanto tu frenético ritmo, para ahora que estás a tiempo.

-Pues para eso estamos ahora aquí, para practicar y que así un día puedas llegar a aguantarlo.

-Esa respuesta está pillada por los pelos, no me sirve.

Sin embargo no me dio otra respuesta.